Los ojos ovalados

Los ojos ovalados

Japón hizo historia, sorprendió al mundo entero con el heróico triunfo ante los Springboks y cambió el mapa del Mundial. Los asiáticos y la recompensa por un trabajo de años que abre un nuevo panorama en el rugby internacional.

Que en Japón se juega al rugby no es ninguna novedad. Es el país con más tradición de Asia en el deporte, ganó la gran mayoría de los torneos continentales -hubo algunas victorias de Corea del Sur- y compitió en cada edición desde que nació la Copa del Mundo en 1987. Es, como los Pumas en América, la referencia inmediata en la región.

Hasta el del sábado pasado, el único éxito japonés en un Mundial había sido en 1991, también en Inglaterra y ante otro africano: Zimbabwe. Después, apenas dos empates con Canadá (2007 y 2011) y 21 derrotas. ¿Más números? 428 puntos a favor y 1159 en contra.

Pero el seleccionado japonés puede ser el reflejo mismo de su milenaria sociedad: planificación a largo plazo, trabajo, disciplina y esfuerzo más allá de los resultados inmediatos. Tarde o temprano, los frutos llegarán.

En 1995, las principales uniones le dieron forma al profesionalismo y declararon en una reunión en París la era abierta. Como la UAR en ese entonces, la unión japonesa (JRFU) mantuvo una estructura amateur. Pero un factor, como no sucedió en la Argentina, fue en contra de esa filosofía: las grandes y multimillonarias corporaciones.

Al igual que en nuestro país, en Japón se disputó históricamente un torneo empresarial paralelo al de los clubes. Sin embargo, las empresas fueron tomando mayor relevancia que las instituciones deportivas y varios de los empleados que defendían sus camisetas eran contratados por lo que podían hacer adentro de la cancha y no por lo que ofrecían en el ámbito laboral. Lo que en el fútbol argentino se conoció como “amateurimo marrón”.

En 2003, a la JRFU no le quedó alternativa que impulsar el torneo empresarial y aggiornarse a los nuevos tiempos que corrían. Los clubes quedaron eclipsados y creció la Top League, de un nivel inferior a las principales competencias del planeta pero con un poder económico difícil de encontrar en otro lado que le serviría al seleccionado para lograr mejores resultados.

El certamen se convirtió en el refugio ideal de figuras internacionales que ya estaban cerrando sus carreras y querían hacer una diferencia como el australiano George Gregan -se retiró en 2011 jugando en Suntory Sungoliath- y tantos otros, pero también de quienes decidieron tomarse unas vacaciones de la máxima exigencia (con el mismo fin) como Sonny Bill Williams, el All Black que el domingo fue figura ante los Pumas en Wembley. Para mayores beneficios, el calendario no se superpone con el del Super Rugby.

La Top League no llena estadios -a los partidos asisten mayoría de empleados- ni es furor como otras disciplinas, pero los locales ganaron en roce con jugadores extranjeros, muchos de ellos de las islas del Pacífico, y la presencia de entrenadores de afuera brindó un conocimiento que antes no existía.

Sólo los Pumas cuentan con una convocatoria 100% nacional en la RWC 2015 y el de Japón es uno de los 19 seleccionados que tiene importados (11) en el plantel comandado por Eddie Jones. El entrenador australiano -de madre japonesa- que reemplazó al kiwi John Kirwan le agregó al tradicional juego de manos y dinámico de los asiáticos la estrategia de los grandes del hemisferio sur: aprendieron a atacar y jugar en el momento indicado, no sólo por instinto.

La victoria ante los Springboks no pudo haber llegado en un mejor momento. En las últimas semanas, corrieron rumores que se bajaba la franquicia para el Super Rugby 2016 y que peligraba el Mundial 2019 en aquel país. Hoy, Japón está en boca de todos y es la gran sensación.

El reloj ya había pasado los 80 minutos en Brighton, los nipones perdían 32-29 y los penales que cobraba el árbitro Garcès les daban la posibilidad de empatar. Pero la confianza, la ambición y la mentalidad ganadora pudo más y en la agonía se desató el festejo más grande en la historia de los mundiales. El try lo apoyó un neozelandés, Hesketh, y se gritó en cada rincón menos en Sudáfrica. Porque como todo Japón, el mundo quedó con los ojos ovalados.

Sumate a Nuestro Facebook

Ultimas Notas